(La noche triste)
José A. D Labra y Carbajal
Como cada vez el mexicano pierde día con día el amor a su patria y agacha su cabeza a lo extranjero en vez de apoyarse en el orgullo, nobleza y cultura de nuestra mexicanidad, para luchar y ponerse el mismo en la cúspide, a la vanguardia, puesto que tenemos capacidad como cualquier otra raza y en vez de humillarse saquemos la casta por lo verdadero nuestro: idioma, historia, dioses, alimentos, nombres, etc. Hace años, ya no recuerdo si fue en el Monasterio del Escorial, cerca del Valle de los Caídos, en España o en la Biblioteca Nacional de París, de la famosa colección Goupil, también conocido como Anales Históricos, de donde, después de meditar lo que leí, me abrumó la tristeza por la ignorancia de los míos y mi cerebro me dictó las líneas y otros textos que a continuación expongo; me parecen imágenes llenas de dramatismo y verdadero amor a la única tierra que es, nuestra verdadera madre: México, y lo demostraron aquellos encuerados, pero nobles, sin armas pero con muchos tompiates, de los que hoy muy pocos quedan desgraciadamente. Que ninguno de ustedes, les pide mi corazón, se ofenda por mi texto que voy a presentar, porque seguro estoy que hay, aún a quienes sí les interese y a ellos, y a ustedes les propongo: celebremos el triunfo de nuestros ancestros sobre los españoles el 30 de junio de 1520, con monólogos, bailables y poemas que nos hablen de aquel momento heroico del que todos los mexicanos debiéramos estar orgullosos.
Yo Tezcacochitzin, de Azcapotzalco, digo: que con la muerte de Maxtla, terminaron nuestros reyes, él fue el XIII Rey tepanecah; después, enseguida, la Triple Alianza impuso su gente, sus hombres como gobernantes de todo el territorio nahua, como tal yo soy embajador tepanecah ante el rey de México-Tenochtitlán soy enviado o sirviente de Oquitzin, IV gobernante de Azcapotzalco, de los tepanecah, que está con vida porque se dejó echar agua en su cabeza, aceite en las orejas, y sal en la boca por el hombre blanco, con ojos de moco que vestía un cotón café, raído; y como no entendió a la primera, que su nombre ya no era Tezcacochitzin, por otro ojos de moco que tenía tlequiquistli (trompeta de fuego), recibió un garrotazo atrás de sus orejas, y lo aturdió: lo atarantó el golpe, dobles todas las cosas vio y como pudo dijo su nuevo nombre Carlos; ese fue el nombre que le impusieron, que le impuso el hombre de la cabeza rapada, de grandes barbas que bautizaba a una ristra de mexicas; a los que se dejaron, no los mataron sólo los marcaban con cortes con navaja en las orejas y pasaban a ser propiedad de cualquiera de los ojos de moco que los quisieran para sus esclavos, sirvientes, amantes, o lo que se les antojara.
De lo que voy a hablar, ocurrió hace dos años, estamos en 1522, pero íb recuerdo muy bien, aquella noche, cuando nuestros mexicas siendo el 30 de junio de 1520, obedeciendo la voz de Cuitlahuac, ese año dos pedernal...
Cuando cayó la noche, a la media noche, al creer que estábamos súpitos, bien dormidos en toda la ciudad, enseguida, entonces españoles, tlaxcaltecas, chalcas y huejotzincas se amontonaban, todos querían salir de la ciudad junto con los venados sin cuernos; los traidores llevaban grandes andamies de madera, los tendían sobre los canales y los ojos de moco por ahí pasaban; la llovizna caía, todo estaba resbaladizo, los que huían ya habían pasado los canales de Tecpantzinco, Tzapotlan y Atenchicalco (Justo Sierra, Argentina, Donceles), hasta allá iban cuando una mujer enojada gritó: "Se escapan los ojos de moco, se escapan los traidores; mexicanos vengan, vayamos tras ellos". Desde lo alto del templo de Huitzilopochtli nuestro vigía grito: ¡Oh valientes guerreros! ¡Oh mexicanos! Allá van huyendo nuestros enemigos, llevad escudos y atacad los; recordad la masacre que hicieron en nuestro templo mayor. ¡No perdonemos a los invasores! Pronto, entonces, enseguida aparecieron canoas llenas de guerreros remando presurosos; aquí caían los nuestros destrozados por tlequiquiztlis, trompetas defuego, allá caían cabezas de traidores chalcas, huejotzincas, tlaxcaltecas o españoles... Poco a poco la sangre pintaba todo y el hedor penetraba hasta el tuétano, y la shuquía daba nauseas, el hedor de la sangre picaba la nariz, también morían venados; en la oscuridad rezumbaban las piedras lanzadas con honda de hélice.
Piedra en cabeza mataba, piedra en corazón mataba; un relámpago estremeció todo y chorros de agua echó Tlaloc como para ayudarnos a desterrar a los invasores que con sus armas de relámpagos y truenos con uno solo mataban; los mexicas ensartaban tlaxcaltecas, con sus lanzas los chalcas ensartaban mexicas; era un infierno sobre lodo y más disparos de trompetas de fuego; fueron con lanzas ensartados los españoles y tlaxcaltecas, fueron ensartados también los mexicanos; los ayes por acá y cabezas que rodaban solas por allá; las barcas provistas de escudos de los tenochcas y tlatelolcas los perseguían allá iban por las salida a Tlacopan (Tacuba, Av. Hidalgo, Puente de Alvarado esquina con M. Ocampo) allí, otro vendado, también cargado con oro ahí se hundió, ahí quedó perdido; en brazos sacaron a Cortés, lo sacó Alvarado el más maldito de todos; Cortas, el ojos de moco salió herido, pero perdió una talega con oro labrado... Antes de amanecer llegaron a Naucalpan, ahí dejaron una mona-diosa, que llamaban virgen, ahí la dejaron arriba de un árbol y como pudieron se encaminaron hasta Xaltocan... Ya en las goteras de Otumba, capital de los otomíes, otro traidor, general de nombre Calmecahua, se distinguió defendiendo a los extranjeros pero al fin, los patriotas mexica lo mataron. Hasta ahí los fueron a recibir los tlaxcaltecas y los demás traidores (cuitla ijiac apestosos a mierda); a los derrotados ojos de moco y a sus acompañantes, con mimos se los llevaron para curarlos sin saber que después a todos nos esclavizarían. Lo digo yo Tezcácochitzin. Mi corazón llora al recordarlo... ¿Se acabará nuestra raza? ¿Ahora somos cobardes?
No hay comentarios:
Publicar un comentario